Conversación con Ernesto Martínez (Bolivia)

Ernesto es librero y distribuidor de la firma de la que es gerente general Martínez Acchini, S.R.L., en La Paz, Bolivia. Nos conocimos vía Facebook raíz de intereses comunes; desde ahí conocí su blog Murmullo y, desde ahí… Hemos continuado la conversación.

Aprovechando que OBIEI estaba reunido en pleno en la pasada Liber 2009, aprovechamos para conversar con él sobre el mundo del libro en Bolivia, el sector editorial boliviano, y sobre sus proyectos de Edición XXI en La Paz.

En la conversación participaron Margarita Valencia (OBIEI), Javier López Yáñez, librero (Feria del Libro de Sevilla) y yo mismo, como editor de Tökland (OBIEI).

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La tiranía del mercado

Reflexiones sobre la industria editorial y la Nielsen
Por Margarita Valencia

Solía suceder que el catálogo de un editor (lo que los anglosajones llaman el backlist) era su orgullo y que la cantidad de libros que allí hubiera que se vendieran año tras año durante muchos años era la medida de su éxito. Esos libros eran la espina dorsal del negocio editorial y su solidez permitía a un editor aventurarse con nombres desconocidos y explorar nuevos temas. Y no me refiero a libros en el dominio público, al alcance de cualquiera, sino a aquellos títulos y autores que el editor hubiese publicado por vez primera y que se hubieran ganado a pulso el derecho a permanecer en los anaqueles de las librerías.

Ya no es así: el avance y la consolidación de la industria del entretenimiento hizo pensar a los editores que el crecimiento de su propio negocio dependía de su capacidad de asimilar su trabajo al de las publicaciones de ciclos cortos (periódicos o revistas), con contenidos más efímeros. Y este tipo de publicaciones, que durante siglos fue más bien marginal y de baja calidad, se convirtió en el núcleo duro de la industria editorial, cuyo ritmo—hasta entonces más bien lento—hubo de acelerarse vertiginosamente. “El sistema se ha vuelto impaciente”, afirmó en 2006 una editora de Harcourt en un artículo de Rachel Donadio en NYT, en el que ésta además equiparaba la narrativa de corte muy literario a un aristócrata elegante y empobrecido casado con una nueva rica (en este caso la narrativa popular, los best-sellers).

El ingreso de Nielsen a la industria editorial consagró sin duda esta vuelta de tuerca: famosa en todo el mundo por sus tiránicas mediciones de televisores encendidos, la compañía Nielsen lanzó en 2001 en Estados Unidos un servicio que rastrea las cifras de venta de libros en el punto de venta—el 75% de las ventas al detal— cifras que hasta entonces no solían ser públicas (una de las más conocidas boutades del oficio es que los editores siempre mienten).

Bastaba a editores y lectores las listas de los libros más vendidos, cuyo reinado probablemente llegó a su fin en 2001 con el escándalo en torno a las ventas de los libros de L. Ron Hubbard. El New York Times se vio obligado a admitir lo que todo el mundo sabía: que sus listas no eran más que eso: listas, y el terreno quedó abonado para la Nielsen.

La exigencia de cifras exactas que acompaña por obvias razones a los productos de la cultura popular (programas de televisión, películas, canciones) se extendió a los libros y se convirtió en el puntillazo final de una industria que ya venía ahogándose con el incremento excesivo (y mayormente injustificado) en los anticipos, y los consiguientes incrementos en los tirajes, en las devoluciones, y en las novedades (Book Clubbed. Why writers never reveal how many books their buddies have sold).

Los editores dejaron de tener tiempo para sus libros, porque el tiempo transcurrido entre el pago de los anticipos y el momento de la publicación empezó a ser muy costoso, además de que los libros tenían tan corta vida en las librerías que no valía la pena detenerse en los detalles. Los libros se volvieron productos con fecha de expiración, como los quesos: en 2006, en un mercado dominado por las grandes cadenas de libros, si una novela no vendía una cifra decorosa durante sus primeras dos semanas de vida, prácticamente estaba condenada a desaparecer. De acuerdo con un editor estadounidense, para que un libro fuese tomado en serio el distribuidor debía repartir un mínimo de 20 mil copias a las librerías; la tiranía del mercado exige altos tirajes para ganar visibilidad, periodos cada vez más breves en la mesa de novedades, altas devoluciones; vuelta a empezar. (Las cifras en el mundo hispanohablante son tan obscenas como las cifras en Estados Unidos: según el CERLALC, en el 2008 se registraron 104,997 títulos en América Latina y 79,020 en España.)

Si algo puso de presente la medición de la Nielsen, fue el despilfarro que empezó a caracterizar a una industria que tradicionalmente había sido más bien conservadora en sus inversiones y cauta en sus decisiones. Pero el año pasado la industria experimentó una nueva vuelta de tuerca: la cifra de nuevos títulos publicados descendió 3,2% en Estados Unidos (de 284,370 en 2007 a 275,232), pero este descenso fue acompañado por un incremento del 132% en la edición de títulos sobre demanda y de ediciones de tirajes cortos (de 123,276 títulos a 285,394). De acuerdo con Bowker, estas cifras indican que 2008 fue un año clave para la industria editorial, y no solo porque los editores volvieron a ejercer su criterio a la hora de decidir qué libros publicar y cómo hacérselos llegar al público.

La industria editorial podría achacar estos resultados a la crisis, y volver por sus fueron tan pronto como lo permita el bolsillo de los consumidores. O podría repensar los términos de la discusión sobre el futuro de los libros, que hasta ahora se concentra inútil y tontamente en torno a la desaparición del formato papel y de sus paladines, los editores. Lo cierto es que estos prácticamente se extinguieron en las últimas décadas —aplastados por el meteorito de la industria del entretenimiento. Habrá que ir a buscarlos de nuevo, ahora que la ilusión del mercado masivo se disipa y la industria editorial se ve obligada a buscar de nuevo lectores de carne y hueso.

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…Siempre nos quedará Paris.

Compartíamos desde la ventana OBIEI @ Facebook, vía los paradigmáticos, que La Edición independiente toma Paris

La Edición Independiente irrumpe en París un año más. La asociación L’autre livre, asociación creada en 2003 para la difusión y promoción de la edición y del libro independientes, y que agrupa a 150 editores, organiza el VII Salón Internacional de Editores Independientes, del 20 al 22 de noviembre.

Los editores independientes franceses lo tienen claro: No se trata de protegerse ni de amparar, la «Edición Independiente» no sólo debe recurrir a la subvención y al proteccionismo, como si de un animal en extinción se tratara. El éxito de las iniciativas de este grupo de editores independientes, como demuestra esta séptima edición de su Salon, radica en que han sido capaces de definir una estrategia clara y un plan de acción. Los editores independientes franceses han dado importantes pasos creando una fuerte marca «paraguas» que responde a un discurso sobre edición bien elaborado que, sin pretender entrar en conflicto directo con la gran «industria editorial» –de la que se distancian–, pretende reivindicar el valor y el peso de «los otros libros», tan necesarios para luchar contra el «pensamiento único». En nuestro país (España) hemos asistido en los últimos años a iniciativas que enarbolaban el concepto “bibliodiversidad” como bandera o lema, y que, con alguna acción aislada, han aglutinado a un tótum revolútum de editoriales de distintos pelages, juntos y revueltos, y ciertamente “biblioconfusos”, que no han sabido vertebrar un ideario sólido y convincente.

El ejemplo francés si algo nos enseña es que hace falta un sólido ideario común, muy necesario, para aglutinar a editoriales independientes que compartan algo más que su “pequeñez” o su “bibliodiversidad”, un armazón identitario que sirva para fundamentar un plan de acción, y hacerlo así coherente. Todo esto no está reñido con lo comercial, sino que ha de servir de fundamento para irrumpir en el mercado con credibilidad y coherencia.

La cultura no tiene porqué estar reñida, por tanto, con el mercado.  Iniciativas como la organización en París de la séptima edición de este Salón suponen un paso importante en el camino hacia la visibilidad mediática tan necesaria para la «Edición independiente». Nos sorprende que una iniciativa similar no se haya puesto en marcha aún en España, potencia mundial en edición independiente.

En España tienen demasiado protagonismo acontecimientos como la Feria del Libro de Madrid o el día de Sant Jordi, citas populares y estrictamente comerciales, que cada vez aportan menos valor añadido y que no tienen otro objetivo que el de hacer «caja registradora», y donde la «Edición independiente» ha quedado diluida completamente.

Otras iniciativas han surgido en los dos últimos años, al margen de la manida “bibliodiversidad”, como el lanzamiento de alguna «plataforma» de editores que, bajo un nombre vacío de contenido, han abordado simples estrategias comerciales, y que se han posicionado con un ideario excesivamente naïf.

En definitiva, mucho hemos de aprender de los editopres independientes franceses aún por estos lares. En Tenerife, retomaremos el tema.

Se hace necesario buscar nuevos foros y proponer nuevos retos a la «Edición independiente» española para que redefina sus estrategias y fije un discurso más acorde con los retos a los que se enfrenta.

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Editores y Redes Digitales

En las conferencias que dimos en FIL Bogotá ‘09 hablamos, y luego se discutió en los debates abiertos con editores e interesados que asistieron, de éste particular escenario social y en red en relación a la labor editorial.

Lo traigo al caso por la entrada de ayer que publicaron ayer los paradigmáticos Francisco Javier Jiménez y Manuel Gil, Redes Sociales y Editoriales… ¡Y porque de paso les hacemos un guiño de enhorabuena por su nueva web! Una mejora importante desde todos los puntos de vista que celebramos y que esperamos contribuya a potenciar aún más el trabajo interesante y necesario que llevan a cabo.

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Entrevista a Roger Chartier en Milenio

Roger Chartier

Roger Chartier

De acuerdo con Roger Chartier, principal historiador del libro en el mundo, actualmente debe plantearse cómo enseñar a los lectores a utilizar la red en una dimensión crítica.

Diversos son los debates a los que se enfrenta el mundo editorial ante la proliferación de información y publicaciones en internet. Temas que no se reducen a la supervivencia del “soporte papel”, sino a derechos de autor y a la multiplicación de errores y falsificaciones que se han permitido en esa “tierra de nadie”.

De acuerdo con Roger Chartier, principal historiador del libro en el mundo, actualmente debe plantearse cómo enseñar a los lectores a utilizar la red en una dimensión crítica. Y si pensamos que a través de nuestra computadora tenemos acceso a un gran acervo bibliográfico, ¿qué futuro tienen las bibliotecas? ¿Cuál es ahora su función social y educativa? De esto habla Chartier en la siguiente conversación.

Frente a la reproducción de libros en la red, ¿qué papel juegan las bibliotecas hoy?

Hay dos contextos, el primero es social, es decir, las bibliotecas pueden ser los sitios donde la gente que no tiene libros acceda a la cultura escrita; es el papel de las bibliotecas escolares o públicas. La biblioteca es una institución que no sólo propone libros, sino también es un lugar de aprendizaje de la cultura escrita, de la cultura impresa. La biblioteca, en esta perspectiva, como una institución fundamental de la democratización, de la alfabetización, no limitada a saber leer, se convierte en un lugar donde se jerarquiza el saber. En este contexto me parece fundamental que las bibliotecas estén apoyadas por instituciones públicas.

El segundo sería las bibliotecas en el mundo digital. En este sentido podrían estar totalmente condenadas a muerte, porque podemos tener acceso a un patrimonio digitalizado desde nuestra computadora, el papel de las bibliotecas como lugar de lectura podría pensarse terminado.

Yo no lo pienso así por diversas razones, una de ellas es que las bibliotecas pueden enseñar a la gente cómo utilizar esta nueva tecnología, particularmente en una dimensión crítica, porque la red electrónica es un vehículo poderoso de multiplicación de errores, falsificaciones.

Es más fuerte que en la cultura impresa, porque los libros publicados por las editoriales, por malos que sean, tienen un mayor control de edición, de corrección, etc. En la red, este tipo de control empieza a desaparecer, entonces la biblioteca puede ser un lugar con computadoras en donde se enseñe a la gente a desarrollar una lectura crítica de toda esa información maravillosa y a su vez peligrosa que está convalidada por el mundo digital.

¿Podríamos pensar que la naturaleza de los libros, de los textos escritos para y por un medio impreso, cambia frente a su digitalización?

Éste es un asunto que se olvida muchas veces en los discursos. Se piensa que el texto es siempre el mismo cuando cambia de soporte, pero si debemos estar interesados en el patrimonio escrito, en la manera en que las obras fueron leídas, recibidas, es fundamental saber que hay lugares en que los textos subsisten de una forma electrónica que los conservan, clasifican, y que es un acceso. Se habla de digitalización porque se digitaliza algo que ya existe en otra forma, pero cada biblioteca debe preservar su acervo y tenerlo disponible para que las nuevas generaciones de lectores no pierdan la perspectiva de que los textos que están viendo digitalizados en una pantalla, son textos que nacieron en papel.

De esta manera, la biblioteca, lugar de aprendizaje, puede ser también un espacio para mantener la relación entre el libro de papel y un presente más electrónico. De otra manera perdería su razón de ser, sobre todo si pensamos en una biblioteca universal digitalizada. La tarea es asegurar esta relación con el pasado de la cultura escrita.

Entonces ya hablamos de un pasado de la cultura escrita y un caos informativo y de calidad en la red…

El digital es un mundo que amplía muchas veces el vocabulario de la conversación, el chat, el correo electrónico, un mundo de intercambio infinito. Al mismo tiempo es un mundo que quiere reforzar la soledad del lector frente a la pantalla y que puede reforzar esta relación en la que se pierde la dimensión comunitaria, pensando que hay dos formas de comunidad: la comunidad abstracta, en ella la gente se comunica a través de la red como una forma fantástica, y la comunidad como el lugar donde se intercambia conocimiento, experiencias, críticas.

En las sociedades contemporáneas hay una tendencia a desaparecer estos lugares de comunidad cívica, modelo de la ciudad griega, lugar donde se discute, se confronta. Con la tecnología todo sucede en el mismo lugar y al mismo tiempo, y en este sentido las bibliotecas pueden ser, alrededor de la cultura escrita, cualquiera que sea su forma, manuscrita, impresa, digital, uno de estos lugares.

Ahora se vuelve a dar importancia a las lecturas de obras por sus autores, que era una práctica del siglo XIX: las bibliotecas invitan a autores para leer sus obras, hacer presentaciones de libros; hay exposiciones acompañadas de cursos, seminarios, etcétera, y me parece que aquí hay un papel pedagógico y cívico fundamental.

La tendencia más natural con las plataformas tecnológicas, sería preguntarse por qué gastar dinero en personas que trabajen en una biblioteca o en construir nuevas estanterías cuando todo está en la computadora.

Entre paréntesis, debemos plantear el tema de quiénes son los dueños de esta nueva biblioteca universal que impulsa Google, cómo se ve, qué precio se debe pagar, que es otro debate, pero la idea fundamental es la biblioteca como el lugar donde se aprenden todas las formas de la cultura escrita.


> Vía Milenio.com

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