El futuro de la edición literaria de calidad

Por Jaume Vallcorba para Letras Libres

Se dice que lo que separa la literatura de calidad de la literatura de consumo es la velocidad a que es leída cada una de ellas. La de calidad parece exigir, en principio, más tiempo, y es además por lo general releída en diversos momentos a lo largo de una vida. Pero no siempre el ritmo de lectura es definitorio: el niño enfebrecido, que lee en la cama y ayudado por su linterna La isla de Tesoro de Stevenson, a menudo pasa las páginas con avidez, deseoso de saber el desenlace de la acción, desatento a las sutilezas del estilo, en un aliento lector que se asemeja extraordinariamente al del lector de novelas de consumo, impaciente por conocer la identidad del asesino. No, definitivamente no parece ser la velocidad de lectura lo que califica a una u otra obra. Tampoco, la verdad, su éxito comercial. Por lo general, se habla de la obra literaria de calidad como algo minoritario, en contraposición a la obra literaria de consumo, que se dirige a una amplia mayoría. Pero la historia nos muestra que tampoco las cosas han sido así siempre: obras de gran calidad –baste pensar en el Tirant lo Blanc, para poner una obra catalana, el Quijote o Cien años de soledad, para otras en lengua española– han disfrutado, ya desde su primera edición, de una enorme apreciación del público lector, con un amplio número de reimpresiones ya desde sus primeros días. Y ello no solamente para las obras de ficción: si se piensa en Los Ensayos, de Michel de Montaigne, no dejaremos de sorprendernos por el éxito inmediato de un libro tan extenso escrito por un admirador lleno de devoción por los clásicos griegos y latinos…

> Leer artículo completo…

En pocas horas varios contactos relacionados han hecho eco de esta nota del editor Jaume Vallcorba: Manolo Bragado, de Bretemás, Txetxu Barandiarán de Con valor, Javier López de Repiso y, Roger Michelena de Libreros y, claro… nosotros. Pero sólo Leroy Gutiérrez, en la página de Facebook de Sobre Edición comenta y se pregunta:

Si bien respeto el criterio del editor (o editores) de Letras Libres, no sé por qué en vez de preguntarle a Jaume Vallcorba (¿otra vez?) sobre la edición, “el futuro de la cultura escrita (y sus soportes) y la literatura”, no le preguntan a editores latinoamericanos, “jóvenes y veteranos”. Tengo la fuerte impresión de que la edición independiente en México y Argentina, solo por mencionar a dos países, goza de igual o mejor salud que en España.

¿Qué piensas ustedes?

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Cómo prosperar en un mundo en red

Mike Shatzkin es fundador y presidente de The Idea Logical Company y de BaseballLibrary.com. Tiene cuarenta años de experiencia en la industria editorial, como autor publicado, editor y agente, así como en ventas, márketing y producción, y es una de las voces más destacadas en la discusión sobre cómo el mundo de la edición impresa puede afrontar los múltiples desafíos que plantea el cambio digital.

Como Tim O’Reilly o como Sara Lloyd, por citar solo un par, Shatzkin es uno de esos personajes a los que vale la pena prestar atención, tanto por sus conocimientos y su experiencia en el sector como por su clara visión de las tendencias que están configurando el futuro de la industria. Por eso nos ha parecido importante traducir la siguiente charla, presentada en la BookExpo America el 28 de mayo del 2009 y cargada de información muy valiosa para los editores.

Como de costumbre, publicamos esta traducción bajo una licencia de Creative Commons tipo Reconocimiento–No comercial–Compartir bajo la misma licencia, por lo que cualquiera puede utilizarla como desee siempre que: a) deje constancia de su autoría, b) no haga un uso comercial y c) el trabajo resultante se publique con estas mismas condiciones.

> Descargar la presentación en formato ePub
> Ver el artículo original en The Idea Logical Company
> Ir al blog de Mike Shatzkin

Continuar leyendo en Soybits

¡Buen trabajo Jordi!

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Los libros han ganado más guerras que las armas

Los libros han ganado más guerras que las armas
–nos lo repiten los clásicos

> Por Pablo Odell / Tökland

En el año 2005, cuando todavía era senador demócrata, el Presidente electo de los Estados Unidos, Barack Obama, pronunció un discurso ante la Amercian Library Association, Bound to the word, “vinculado a la palabra”, que supone uno de los alegatos políticos más concluyentes y comprometidos en favor de la lectura, la educación pública y las bibliotecas, un análisis perentorio que aboga por una acción concertada y decidida de los poderes públicos para aminorar mediante la educación en la escuela pública, los programas de alfabetización y la promoción de la lectura y el contacto con los libros las desigualdades sociales que están en la base del fracaso o del éxito escolar, del fracaso o el éxito personal y profesional.

El discurso, pronunciado ahora hace algo más de tres años, gira en torno a tres grandes ideas: la promoción de la lectura como eje básico en torno al cual gira el desarrollo integral del ser humano; el papel que las bibliotecas, las escuelas, las familias y el Estado tienen en la consecución de ese objetivo; la caracterización de la biblioteca como espacio de conocimientos y libertades donde debe fraguarse el intelecto crítico de cada lector.

“En los albores del siglo XXI, en el que el conocimiento es, literalmente, poder, en el que abre las puertas a las oportunidades y el éxito, todos tenemos responsabilidades como padres, como bibliotecarios, como educadores, como políticos y como ciudadanos para inculcar en nuestro hijos el amor a la lectura, de manera que podamos darles la oportunidad de cumplir sus sueños. Porque creo que si deseamos proporcionar a nuestros hijos las mejores posibilidades en la vida, si queremos abrirles las puertas a diversas oportunidades mientras son jóvenes y enseñarles las competencias que necesitarán para tener éxito más adelante. La alfabetización es la divisa más fundamental en la economía del conocimiento en la que hoy vivimos. La lectura es la competencia fundamental que hace el resto del aprendizaje posible, desde los problemas complejos con palabras y el significado de nuestra historia hasta los descubrimientos científicos y la excelencia tecnológica. Y, a propósito, es lo que se requiere para hacernos verdaderos ciudadanos, porque es cierto que hay que añadir la dimensión política de la lectura a su dimensión instrumental.”

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Solía suceder que el catálogo de un editor…

Por Margarita Valencia

Solía suceder que el catálogo de un editor (lo que los anglosajones llaman el backlist) era su orgullo y que la cantidad de libros que allí hubiera que se vendieran año tras año durante muchos años era la medida de su éxito. Esos libros eran la espina dorsal del negocio editorial y su solidez permitía a un editor aventurarse con nombres desconocidos y explorar nuevos temas. Y no me refiero a libros en el dominio público, al alcance de cualquiera, sino a aquellos títulos y autores que el editor hubiese publicado por vez primera y que se hubieran ganado a pulso el derecho a permanecer en los anaqueles de las librerías.

Ya no es así: el avance y la consolidación de la industria del entretenimiento hizo pensar a los editores que el crecimiento de su propio negocio dependía de su capacidad de asimilar su trabajo al de las publicaciones de ciclos cortos (periódicos o revistas), con contenidos más efímeros. Y este tipo de publicaciones, que durante siglos fue más bien marginal y de baja calidad, se convirtió en el núcleo duro de la industria editorial, cuyo ritmo—hasta entonces más bien lento—hubo de acelerarse vertiginosamente. “El sistema se ha vuelto impaciente”, afirmó en 2006 una editora de Harcourt, en un artículo de Rachel Donadio en NYT, en el que ésta equiparaba la narrativa de corte muy literario a un aristócrata elegante y empobrecido casado con una nueva rica (en este caso la narrativa popular, los best-sellers).

El ingreso de Nielsen a la industria editorial consagró sin duda esta vuelta de tuerca: famosa en todo el mundo por sus tiránicas mediciones de televisores encendidos, la compañía Nielsen lanzó en 2001 en Estados Unidos un servicio que rastrea las cifras de venta de libros en el punto de venta—el 75% de las ventas al detal— cifras que hasta entonces no solían ser públicas (una de las más conocidas boutades del oficio es que los editores siempre mienten).

Bastaba a editores y lectores las listas de los libros más vendidos, cuyo reinado probablemente llegó a su fin en 2001 con el escándalo en torno a las ventas de los libros de L. Ron Hubbard. El New York Times se vio obligado a admitir lo que todo el mundo sabía: que sus listas no eran más que eso: listas, y el terreno quedó abonado para la Nielsen.

La exigencia de cifras exactas que acompaña por obvias razones a los productos de la cultura popular (programas de televisión, películas, canciones) se extendió a los libros y se convirtió en el puntillazo final de una industria que ya venía ahogándose con el incremento excesivo (y mayormente injustificado) en los anticipos, y los consiguientes incrementos en los tirajes, en las devoluciones, y en las novedades (> Book Clubbed. Why writers never reveal how many books their buddies have sold).

Los editores dejaron de tener tiempo para sus libros, porque el tiempo transcurrido entre el pago de los anticipos y el momento de la publicación empezó a ser muy costoso, además de que los libros tenían tan corta vida en las librerías que no valía la pena detenerse en los detalles.Los libros se volvieron productos con fecha de expiración, como los quesos: en 2006, en un mercado dominado por las grandes cadenas de libros, si una novela no vendía una cifra decorosa durante sus primeras dos semanas de vida, prácticamente estaba condenada a desaparecer. De acuerdo con un editor, para que un libro fuese tomado en serio el distribuidor debía repartir un mínimo de 20 mil copias a las librerías; altos tirajes para ganar visibilidad, periodos cada vez más breves en la mesa de novedades, altas devoluciones; vuelta a empezar. (Las cifras en el mundo hispanohablante son tan obscenas como las cifras en Estados Unidos: según el CERLALC, en el 2008 se registraron 104,997 títulos en América Latina y 79,020 en España.)

Si algo puso de presente la medición de la Nielsen, fue el despilfarro que empezó a caracterizar a una industria que tradicionalmente había sido más bien conservadora en sus inversiones y cauta en sus decisiones. Pero el año pasado la industria experimentó una nueva vuelta de tuerca: la cifra de nuevos títulos publicados descendió 3,2% en Estados Unidos (de 284,370 en 2007 a 275,232), pero este descenso fue acompañado por un incremento del 132% en la edición de títulos sobre demanda y de ediciones de tirajes cortos (de 123,276 títulos a 285,394). De acuerdo con Bowker, estas cifras indican que 2008 fue un año clave para la industria editorial, y no solo porque los editores volvieron a ejercer su criterio a la hora de decidir qué libros publicar y cómo hacérselos llegar al público.

La industria editorial podría achacar estos resultados a la crisis, y volver por sus fueron tan pronto como lo permita el bolsillo de los consumidores. O podría repensar los términos de la discusión sobre el futuro de los libros, que hasta se concentra inútil y tontamente en torno a la desaparición del formato papel y de sus paladines, los editores. Lo cierto es que los editores prácticamente se extinguieron en las últimas décadas—aplastados por el meteorito de la industria del entretenimiento. Habrá que ir a buscarlos de nuevo, ahora que la ilusión del mercado masivo se disipa y la industria editorial se ve obligada a buscar de nuevo lectores de carne y hueso.

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“El e-book cambiará la industria, no la literatura” Sam Savage. Escritor

Sam Savage

Sam Savage

Fragmento de interés OBIEI en una entrevista a Sam Savage que publica hoy Público.

¿Por qué en EEUU se ha quedado en la misma editorial pequeña e independiente? Habrá tenido ofertas muy suculentas.

Prefiero una editorial pequeña. Me gusta formar parte del proceso de publicación de un libro, incluyendo el diseño de la edición, algo que no puedes hacer en una gran editorial. Mi editorial emplea a cinco personas y les conozco a todos por sus nombres propios.

La industria editorial está inmersa en un proceso de cambio con la llegada del e-book. ¿Qué piensa al respecto?

Creo que la industria va a cambiar, pero en este momento creo que nadie sabe cómo cambiará. Lo que dudo es que la literatura cambie. Lo hará la publicación de los libros. Una novela siempre sera una novela, aunque esté en un PC.

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